viernes, 9 de diciembre de 2011

La muerte ha de ser como un sueño sin sueño

La muerte ha de ser como un sueño sin sueños

Fernando Vallejo

Discurso íntegro de Fernando Vallejo al recibir el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances



Como este acto se encamina a su final y ya queda poco tiempo, les diré brevemente que me siento muy honrado por el premio que me dan; que no pienso que lo merezca; que este diploma lo guardaré en mi casa con orgullo; y que los ciento cincuenta mil dólares que lo acompañan se los doy, por partes iguales, a dos asociaciones caritativas de México: los "Amigos de los Animales", de la señora Martha Alarcón de la ciudad de Jalapa; y los "Animales Desamparados", de la señora Patricia Rico de la ciudad de México. En mi encuentro del lunes con los jóvenes universitarios que tendrá lugar en esta misma sala, se los entregaré a las señoras.
Habría preferido que esos dólares se los hubiera dado la FIL directamente a ellas sin pasar por mí, porque cuando tomo dinero me tengo que lavar las manos, pero no pudo ser por razones burocráticas. Eso de la lavada de las manos es una manía que me viene de la infancia, de la educación familiar. Cada que cogíamos una moneda, mi mamá nos decía: "Vaya lávese las manos m'hijo, que tocó plata". (Allá a los niños les hablan de "usted".) De unos niños educados así, ¿qué se podía esperar? Puros pobres. Me hubieran educado en la escuela del PRI, y hoy estaría millonario. ¡Pero qué iba a haber allá PRI! Medellín era una ciudad encerrada entre montañas, lejos del mundo y sus adelantos. Y mi mamá viendo microbios por todas partes como si fuera bacterióloga. No. Era una señora de su casa entregada a la reproducción como quiere el papa, una santa. ¡Cómo la hicimos sufrir! Muy merecido. ¡Quién la mandó a tener hijos!
De México supe por primera vez de niño, una noche de diciembre próxima a la navidad, lo recuerdo muy bien. Estábamos en el corredor delantero de Santa Anita, la finca de mis abuelos, con mis abuelos, rezando la novena del Niño Dios. Entonces éramos pocos, cinco o seis, aunque después fuimos muchos. Mis papás tenían instalada en Medellín una fábrica de niños: niños carnívoros que alimentaban con costales de salchichas, unos demonios, unas fieras, todos contra todos, mi casa era un manicomio, el pandemónium. El papa, Pío Doce, les mandó de Roma un diploma que un vecino nos compró en la Via della Conciliazione con indulgencia plenaria (que costaban más), para que se fueran los dos derechito al cielo sin pasar por el purgatorio por haber fabricado tanto niño que se les habrían de reunir todos allá a medida que el Señor los fuera llamando. ¡Qué nos iba a llamar! Nos hemos ido yendo de uno en uno a los infiernos y el que nos llamó fue Satanás.
Santa Anita estaba entre los pueblos de Envigado y Sabaneta, en la mitad de la carretera que los une, a ocho kilómetros de Medellín, lejísimos. Hagan de cuenta saliendo de la Ciudad de México camino de Tlanepantla. Teníamos que ir en carro, en el Ford de mi papá. Si no, habríamos podido ir en burro: en la burrita de la canción de Ventura Romero: "Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú. Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú". Tarata tata tara tara tata tata tara tara tata tata tara tata tá. "¡Burra! ¡Burra! Ya vamos llegando a la Mesa de Cacaxtla. ¡Burra! Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú a mi burrita y aunque vaya enojadita porque no le di su alfalfa porque no le di su máiz". ¡Qué raro! También en Antioquia decíamos "máiz"! Antioquia es hagan de cuenta Jalisco. El disco de la burrita lo trajeron mis papás de México esa noche. En setenta y ocho revoluciones que era los que había entonces. Una aguja gruesa iba de surco en surco tocándolos (los surcos que abrían en la tierra las yuntas de bueyes roturando los campos de Sayula hace cien años, cuando pasó por aquí mi paisano el poeta Porfirio Barba Jacob), y de tanto tocarlos uno los discos se rayaban y la aguja se atascaba en el rayón, y seguía tocando lo mismo, lo mismo, lo mismo. "Pobrecita mi burrita ya no quiere caminar, da unos pasos p'adelante, otros pasos para atrás..." El disco me sigue resonando desde entonces, atascado, en mi corazón rayado.
Venían de México por el camino de entrada de Santa Anita en dos carros, con los faros rompiendo la oscuridad. Pero en el corredor nosotros no estábamos a oscuras, no: iluminados. ¡Cómo íbamos a rezar a oscuras la novena del Niño Dios! Además en Medellín ya había luz eléctrica. Yo seré viejo pero no tanto. Yo soy posterior al radio y al avión. El que sí me tocó ver llegar fue el televisor, la caja estúpida. Estaban también encendidas esa noche las luces del pesebre, el nacimiento, donde nacía en lo alto de una montaña el Niño Dios. Lucecitas verdes, rojas, azules, amarillas, de todos los colores. Nos íbamos ya a dormir cuando llegaron. Venían cargados de juguetes. Maromeros de cuerda que daban volteretas en el aire... Jeeps con llantas de caucho, o sea de hule... Sombreros de charro para niños y para viejos... Una foto de mis papás en La Villa manejando avión. Las trescientas sesenta y cinco iglesias de Cholula. Un tren eléctrico. La Virgen de Guadalupe. Pocas veces he visto brillar tan fuerte, enceguecedora, la felicidad. Y con el disco de Ventura Romero de la burrita traían, en el álbum de las maravillas, a José Alfredo Jiménez y a Rubén Méndez: "Ella", "Pénjamo", y ese "Senderito" que me rompe el alma cantado por Alfredo Pineda, que fue el que amó Medellín. Y al más grande de todos, Fernando Rosas, de Jerónimo de Juárez, Estado de Guerrero, el de la "Carta a Eufemia": "Cuando recibas esta carta sin razón, Ufemia, ya sabrás que entre nosotros todo terminó, y no la des en recibida por traición, Ufemia, te devuelvo tu palabra, te la vuelvo sin usarla, y que conste en esta carta que acabamos de un jalón". ¡Muy bien dicho, tocayo, a la China con la méndiga! El fraseo perfecto, la dicción perfecta, y eso que mi tocayo era de Guerrero y cuando hablaba no podía pronunciar las eses. Y las trompetas burlonas detrás de él haciendo jua, jua, jua, en el registro bajo, riéndose de mí y del mundo, y detrás de ellas punteando, siguiéndolas como unos gordos cojos, los guitarrones: do, sol; do, sol; do, sol. Tónica, dominante; tónica, dominante; tónica, dominante. Sólo eso van diciendo, pero sin ellos no hay mariachi, como sin muerto no hubo fiesta.
¡Ah se me olvidaba Chava Flórez, el compositor, el genio de los genios, amigo de mi tocayo Fernando Rosas! Juntos echaron a rodar por el mundo "Peso sobre peso", la canción más burlona: "Mira, Bartola, ái te dejo estos dos pesos. Pagas la renta, el teléfono y la luz. De lo que sobre, coges d'iái para tu gasto. Guárdame el resto pa comprarme mi alipús". Ta ra ta ta ta tán. Ésa era la que le cantaba todavía a México el PRI cuando llegué de Nueva York hace cuarenta años. Y se la siguió cantando otros treinta, hasta ajustar setenta, cuando los tumbó mi gallo. ¡Qué noche tan inolvidable aquella cuando lo dijeron por televisión! Tan esplendorosa, o casi, como la de la finca Santa Anita de que les he hablado. Fernando Rosas murió joven, una noche, allá por 1960, en Acapulco. Lo mataron por defender a un borracho al que estaba apaleando la policía. Fernando Rosas, tocayo, paisano, te mató la policía de Acapulco, los esbirros del presidente municipal. La siniestra policía del PRI, semillero de todos los cárteles de México.
Mi gallo era un gallo con botas. No bien subió al poder y se instaló en los Pinos, se infló de vanidad y se transformó en un pavorreal, y el pavorreal en un burro, y la quimera de gallo, pavorreal y burro empezó a rebuznar, a rebuznar, a rebuznar, día y noche sin parar, hasta que ajustó seis años, cuando se le ocurrió, como a Perón con Evita o con Isabelita, que podía seguir rebuznando otros seis a través de su mujer. No se le hizo, no pudo ser. Hoy de vez en cuando rebuzna, pero poco, y lo critican. ¡Por qué! Déjenlo que rebuzne, que se exprese, que él también tiene derecho. Yo soy defensor de los animales. Yo quiero a los burros, a los pavorreales, a los perros, a los gallos. Cuando estoy cerca de ellos se me calma unos instantes el caos de adentro y creo sentir lo que llaman la paz del alma.
Yo venía pues de Nueva York, una ciudad de nadie, un hormiguero promiscuo que nunca quise, y de un país que tampoco, plano, soso, lleno de gringos ventajosos y sin música. Los anglosajones no nacieron para la música: se enmarihuanan y con una guitarra eléctrica y un bombo hacen ruido. Mi primera noche en México, en la plaza Garibaldi, ¡cómo la voy a olvidar! Cien mariachis tocando cada cual por su lado en un caos hermoso. Todo lo que tocaban me lo sabía. Y más. Yo sabía de boleros y rancheras lo que nadie. Entré al Tenampa. ¿La hora? Diez de la noche. Me sentía como un curita de pueblo tercermundista entrando al Vaticano por primera vez, y que se arrodilla para comulgar. Yo también comulgué, pero con tequila. Desde un mural de una pared enmarcado por unos tubos fluorescentes de colores me miraba José Alfredo, y en la noche del Tenampa brillaba el sol de México. "¿Qué más va a tomar, joven?", me preguntó el mesero. "Otro". Entonces sí estaba joven, pero hoy me siguen preguntando igual: "¿Qué va a tomar joven?" ¡Cómo no va a ser maravilloso un país donde la gente ve tan bien!
Y el amanecer, mi primer amanecer, ¡qué amanecer! Había llegado a un hotelito viejo, pobre, del centro, de altos techos, fresco, de otros tiempos, el más hermoso en que haya estado. Me despertaron las campanas y los gallos. ¿Tañido de campanas? ¿Canto de gallos? ¡Claro, los gallos de las azoteas y las campanas de las iglesias, y el sol entrando por mi ventana! ¡Y yo que venía del invierno de Nueva York donde amanecía a las diez y oscurecía a las cuatro y se me achicaba el alma! Salí a la calle, al rumor envolvente de la calle. México vivo, el del pasado más profundo, el eterno, el mío, el que se ha detenido en mi recuerdo, el de siempre, el que no cambia, el que no pasa, el de ayer. "¿En qué estás pensando, México? ¿A quién quieres para quererlo? ¿A quién odias para odiarlo?" Inescrutable. Ni una palabra. Jamás me contestó. Entonces aprendí a callar. Y han pasado cuarenta años desde esa noche en el Tenampa y ese amanecer en ese hotelito de la calle de Isabel la Católica y esa mañana soleada, y me fui quedando, quedando, quedando, y aquí he escrito todos mis libros y hoy me piden que hable, pero como México calla, yo tampoco pienso hablar. Sólo para decirles que me siguen resonando en el alma unas canciones.
Yo digo que la muerte no es tan terrible como se cree. Ha de ser como un sueño sin sueños, del cual simplemente no despertamos. Yo no la pienso llamar. Pero cuando llegue y llame a mi puerta, con gusto le abro.
Nadie tiene la obligación de hacer el bien, todos tenemos la obligación de no hacer el mal. Y diez mandamientos son muchos, con tres basta:
Uno, no te reproduzcas que no tienes derecho, nadie te lo dio; no le hagas a otro el mal que te hicieron a ti sacándote de la paz de la nada, a la que tarde que temprano tendrás que volver, comido por los gusanos o las llamas.
Dos, respeta a los animales que tengan un sistema nervioso complejo, como las vacas y los cerdos, por el cual sienten el hambre, el dolor, la sed, el miedo, el terror cuando los acuchillan en los mataderos, como lo sentirías tú, y que por lo tanto son tu prójimo. Quítate la venda moral que te pusieron en los ojos desde niño y que hoy te impide percibir su tragedia y su dolor. Si Cristo no los vio, si no tuvo ni una palabra de amor por ellos, ni una sola (y búscala en los evangelios a ver si está), despreocúpate de Cristo, que ni siquiera existió. Es un burdo mito. Nadie puede probar su existencia histórica, real. Tal vez aquí el cardenal Sandoval Íñiguez...
Y tres, no votes. No te dejes engañar por los bribones de la democracia, y recuerda siempre que: que no hay servidores públicos sino aprovechadores públicos. Escoger al malo para evitar al peor es inmoral. No alcahuetees a ninguno de estos sinvergüenzas con tu voto. Que el que llegue llegue respaldado por el viento y por el voto de su madre. Y si por la falta de tu voto, porque el día de las elecciones no saliste a votar un tirano se apodera de tu país, ¡mátalo!
A Jorge Volpi le agradezco el dictamen tan generoso que ha leído, y a Juan Cruz sus adjetivos. Querido Juan: ya sé que si hubieras tenido más tiempo me habrías puesto más, siquiera unos quinientos. No importa. Con los que me alcanzaste a dar me conformo.
Algunos amigos vinieron desde muy lejos a Guadalajara a acompañarme. Me siento muy contento de estar hoy con ustedes en esta Feria tan hermosa, que pronto se llenará de niños y de jóvenes, y de haber vuelto a Jalisco, la tierra de Rulfo, donde los muertos hablan.

lunes, 17 de octubre de 2011

poemas

oemas del libro Biografía ciega de soledades



Canto marino


Y del verbo el mar.

las toneladas de sales

los relámpagos

los puertos en cada amor

la reflexión solitaria de los peces

el aparente rumor de olas en el cuerpo.


Y del mar el verbo

la piel escamosa translúcida

la tonada ciega de los caracoles

la fatiga del musgo

en la quilla de la soledad.


Mansamente


Mansamente canta

Quebrado del tiempo

Perro ciego

Selva


Mansamente se quita las costras

Las tira al mar

El viento sopla

Se estremece

Hermoso

Se deja caer


–Relámpago–


islas


I

Sobrevuela altiva

culebrina.

Punto infinito del cielo.


II

Al rumor del mar

las gaviotas tejen

al cielo las notas

últimas de la tarde.


III

La arena es el llanto

seco de los antiguos

dioses peninsulares.


IV

Los marinos ancestralmente

eran asiduos lectores

de epopeyas celestes.



V

La ola –un tanto– en broma

va borrando las huellas

del viajero para perderlo


VI

Cae un rayo

nadie lo escucha .

Sin embargo cae:

algo así es el miedo


VII

El navío se vuelve canto:

música de mares y ríos,

palabra que corre el silencio

para salvarnos

de nuestra mudez.


VIII

Devastado el barco canta

hasta que se acaba la voz:

marea de nuestro silencio.


Tomado del libro Poebrio, editado en el 2000



La noche entró a su cuarto,

levantó su falda, le apretó las nalgas,

le humedeció los pechos, la penetró.

cuando la noche se dio a la fuga,

ella quedó preñada de soledad.





Suicida


Cruzo las calles esperando la hora en que pases por mí.




Poebrio


Dentro del poema

el poeta ebrio

que con la mano borracha

sostiene la pluma

con la que escribe

un poema.



Poemas tomados del libro Sueño prosaico 2000


Para Eduardo Añorve


La mariconería de estar aquí

en este triste lugar pensando

con la saliva seca, el olor frío

del aburrimiento, las manos

que no sudan en un tiempo

donde no tocan ni escriben


La putería de seguir en el

mismo lugar, tristes, sin

pensar, sin saliva y el mismo

tedio de las semanas donde

las manos no tocan ni escriben


*


Era martes, tomé asiento

para escribirte un poema

cuando golpeé la primera tecla

ya era miércoles

la primera palabra la terminé

el viernes

espero que cuando acabe

este poema no estemos demasiado viejos

para amarnos.


Un poco de luz para retratar a Ana Lee


Una mujer descansa sobre el sofá,

el hombre con la cámara pide que habrán las cortinas,

quiere un poco de luz para retratarla.

Ella tiene sobre el regazo un cuervo y una carta,

en el suelo hay varias fotos y botellas desiertas,

alguien eructa desde la noche,

aliento alcohólico de Baltimore.

La luz no llega nunca.

Nunca más, para Ana Lee.

No más una doncella junto al mar,

ni la felicidad entre nubes.

Jamás brillará una estrella para ella.

Mientras en los ojos alcohólicos del poeta

Ana Lee descansa en su laberinto de musa.


































desde la ventana










martes, 19 de octubre de 2010


Muy Románticos, claro después de cenar...


Doc.Vértigo, Farforfren, Sol, Angelman y...



-Deja pruebo el cuchillo.




Love,love





Salud...



jueves, 2 de septiembre de 2010


"De quièn será esa agua,
me la quiero chingar"



maestros



los ninis


el buen rodulfo JM e Iris




Vite, el JM, Iris y el Demon


Encuentro del Pacífico



El Jere y armando Alanís


El chico Fonqui...




Roberto, Benito y Judith


Armando Alanís




ZOE...


El Tercer Encuentro de Escritores del Pacífico


Luis Tovar y atrás Citla


¿....?, el Vite



ya vite? y el Doc. Vértigo


Padre e hijo



En familia...



Tercer Encuentro del Pacífico


El chamán Jere


El buen Vite y el doc. Vértigo



Ana Franco y el Demon


Armando Alanís, Bart
y de nuevo el Demón




Psss, Iris


tercer encuentro del Pacífico


Ángelito y el Polankas


Jere, Polankas y Trigo



la Negra y el maestro Nutte




Jere y el Pulker



una lectura...



martes, 20 de julio de 2010

martes, 11 de mayo de 2010

martes, 20 de abril de 2010

En busca del alcohol perdido


El Bart, Sandy, el compa Rueda
y el maestro Nutte


Gracias señor por
tanta chela...


-Señor no se lleve la chela...
-Quítese...
-Chale nos dejan sin alcohol..


Que siga el desmadre


la busqueda de la sagrada chela

Estamos todos...


Ángel Carlos, Demon, Eduardo
Añorve, el Doc. Vértigo y el
Jesús Bartolo.


los mesmos de allá arriba.

el Demon, Añorve, creo que yo
y el Bart.

qué nos ven... chingao


Somos...



miércoles, 14 de abril de 2010

Powered By Blogger